miércoles, 18 de enero de 2017

CHARLIE ROSE INTERVIEWS DAVID FOSTER WALLACE


LA HERIDA DE DAVID FOSTER WALLACE

Libertad, la amiga de Mafalda, quería conocer gente simple. Es comprensible: las personas muy autoconscientes intentan no “pensar demasiado”, y persiguen desesperadamente la simpleza, la espontaneidad, la alegría. David Foster Wallace se miraba al espejo y se veía una herida en la cara. Su familia y sus amigos creían que estaba medio loco, y le decían que no, que no tenía nada. “¿Tendrás algún problema en los ojos?”. Sin embargo, cada vez que se miraba al espejo no sólo veía la herida sino que al palparse el rostro notaba la sangre en la mejilla, “los dedos se me hundían muy adentro de lo que a mí me parecía gelatina caliente con huesos y tendones y cosas dentro”. Y además le daba la sensación de que todo el mundo le miraba la herida. Él pensaba que su herida lo volvía medio raro, y sentía la necesidad de esconderse. Pero luego se daba cuenta de que sólo lo miraban porque lo veían muy asustado, ensimismado, sufriendo y siempre con la mano pegada en la frente y haciendo gestos de preocupación. Una vez se tocó el rostro y vio sangre en los dedos, y trozos de tejido y materia viscosa. Hasta podía oler la sangre, el aroma a metal oxidado y a cobre. Una noche, mientras sus padres no estaban, se le ocurrió agarrar hilo y aguja y cocerse la herida, sin anestesia. Le dolió mucho, naturalmente. Cuando sus padres volvieron, no les gustó para nada encontrar a su hijo con la cara ensangrentada de verdad, y con un montón de puntos en zigzag, poco profesionales y hechos con hilo grueso. Parece que al cocerse hundió la aguja demasiado hondo y la herida se le infectó. Los médicos al curarlo tuvieron que hacerle una herida de verdad, limpiarlo y desinfectarlo. Ahora tiene una horrible cicatriz en el rostro, y el resto de la gente también la puede ver, pero hace de cuenta que no ve nada, o si le dicen lo que ven, lo hacen con mucho tacto.

lunes, 16 de enero de 2017

EXCURSUS SOBRE LA FELICIDAD Y EL DOLOR

Antes que nada les quiero aclarar que este posteo es un pre-posteo que viene a pre-postear un próximo posteo que estoy escribiendo, y que versará sobre La conquista de la felicidad de Bertrand Russell. Lo digo para que no digan que no les dije que digan que es un gran posteo porque yo no lo dije en ningún momento ni lo diría, porque sé que se trata nada más que de un posteo complementario de ese próximo posteo bertrandrusselliano. ¿Me explico? En fin, dejemos de dar vueltas y vayamos al grano:

Si me pongo en “psicoanalista de café”, diré que  podemos diferenciar entre “dolor” y “padecimiento”. En este sentido, el dolor es la manera sana de expresar una pérdida de equilibrio psíquico. El padecimiento, en cambio, tiene que ver con hacer crónico un dolor que se termina transformando en inmanejable. El dolor, en tanto inherente a la condición humana, es inevitable. El padecimiento, en cambio, puede y hasta debe ser tratado.

Sartre decía algo así como que somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros, y yo coincido con esa postura. Es evidente que si tus padres acaban de morir en un accidente, o sobreviviste a un campo de concentración, tu margen para ser feliz es prácticamente nulo. Estoy hablando del dolor que más o menos padecemos todos. 

“Lo que no te mata te fortalece”, dicen que decía Nietzsche. Tengo la obra completa -incluyendo los “fragmentos póstumos” y toda su correspondencia- , del autor de El origen de la tragedia, y no recuerdo haber leído esa frase. Creo recordar que la frase decía algo así como "lo que no te mata te hace más fuerte", pero no tengo ganas de buscar si efectivamente dijo lo que dicen que dijo. 

Sea como fuere, lo importante es que, frente al dolor, algunas personas se fortalecen, y a otras el sufrimiento las aniquila, las inmoviliza.

Digamos que, frente  a determinadas situaciones, sentir dolor es una reacción psíquicamente sana. La reacción enferma o “antinatural” ante una situación límite  sería no sentir nada, o sentir satisfacción cuando deberíamos apenarnos.

Sin embargo, el dolor no necesariamente tiene que impedirnos perseguir y en muchos casos alcanzar la felicidad, realizar algunos de nuestros sueños, vivir mejor.

El nacimiento es un acto en el cual el niño, desprendido del cuerpo de su madre, es arrojado al mundo en un estado de absoluta soledad e indefensión. El mamífero humano, al nacer, no tiene chances de sobrevivir si no recibe el cuidado adecuado y el amor de otro ser humano.

En síntesis, la felicidad humana no tiene nada que ver con un estado definitivo, sino con algo frágil y provisional. La felicidad no es un estado de narcosis ni una obligación: prefiero sentirme cansado o triste que artificialmente alegre, porque como dice el franchute Comte-Sponville, “la felicidad no es real si no es lúcida”.

La verdadera felicidad consiste en amar a la vida, lo cual incluye bancarse los momentos desagradables. Amar más la felicidad que la vida no es ser sabio, porque quien sólo ama la felicidad evitará como si fuera la peste todo tipo de situaciones desagradables. Aquél que ama la felicidad sólo amará la vida en los momentos de alegría.

Entiendo que este posteo parece sacado de un manual de autoayuda. El amigo Martín decía:

"Generalmente uno es feliz y la pasa bien sin planearlo de antemano, de manera azarosa, no por una convención social. La premisa de que si uno se propone algo lo consigue me parece una de las mentiras más grandes de la Tierra; pero, claro, todavía no existe un autor de autoayuda que se anime a escribir un libro que le diga al lector que para estar bien simplemente tiene que vivir y ver “qué onda”, que no existen recetas ni decálogos mágicos que propicien las cosas que anhelamos. Aunque dicho así, esto también suena a consejo de autoayuda. Es que tal vez todo texto sea de autoayuda en el sentido más literal del término, es decir, no para el lector sino para quien lo escribe".

Es posible que a Don Tincho no le falte razón. "Si fuera feliz no me dedicaría a hacer canciones" -decía el gran Peter Hammill- "sino a ser feliz". Y se nota, porque miren como quedó el pobre Pedrito luego de que Alice, su esposa, lo dejara: 




¿Cuál es la respuesta definitiva a estas cuestiones? The answer my friend... 

Sí, ya sé, están podridos de que se cite esa frase de Bob Dylan porque es un "lugar común", pero a mí me gusta. ¿O ustedes son siempre originales e inventivos?

¡Sean felices!

Rodrigo

LEYENDO LOS DIARIOS DE EMILIO RENZI

“No se trataba para mí, desde luego, de usar la estúpida secuencia decimal que está de moda ahora en todo el mundo (…); ahora han descubierto que cada década supone un cambio esencial en los modos de ser de las cosas (en primer lugar), de las personas, de la cultura, del arte, de la política y de la vida en general. Se habla de la década del sesenta o del ochenta como si fueran mundos separados entre sí por cientos de años luz. (…) La cultura de los ochenta, la política de los noventa, la estupidez de los setenta, y así se ordena y se periodiza en estos tiempos ridículos: todos creen que es verdad esa expresión y se lamentan por ser de los ochenta y ser vistos AHORA, digamos, por ejemplo, en los noventa, como individuos románticos y medio yuppies, cuando en los noventa las personas son cínicas, conservadoras y escépticas”. (Los diarios de Emilio Renzi

De todos modos tampoco es para ponernos dogmáticos, la periodización no es más que una manera de poner orden en el caos, por supuesto, sin éxito. Jamás podremos ordenar el caos. El cosmos es un relato que nos contamos a nosotros mismos para tranquilizarnos.


"Nunca vi nada más ridículo; por ejemplo, se acusa a alguna persona de ser de los setenta, es decir, de creer en el socialismo, en la revolución. Algunos periodistas-estrella, que son el punto más bajo al que han llegado la inteligencia humana y la cultura actual en decadencia y sin remedio, han inventado los términos 'ochentoso' o, peor aún y más feo, 'sesentoso', o también 'setentoso', como si fueran categorías de pensamiento, como quien dice el renacimiento italiano o el protestantismo anglosajón. Los imbéciles también razonan, aunque no se vea, con categorías, de ese modo disimulan su carencia total de materia gris y hablan como si fueran intelectuales y pensadores".


En fin, leer esos diarios es una experiencia gozosísima. Ojalá los lean y ojalá la pasen tan bien como yo leyéndolos.

sábado, 14 de enero de 2017

YO NO LEO MESSI, NO LEO SBARAGLIA... YO LEO FRIEDRICH NIETZCHE. Y ADEMÁS LES DIGO QUE SI QUIEREN CONOCER MEJOR SU OBRA, LEAN ASPECTOS DE SU BIOGRAFÍA

Friedrich Nietzsche es uno de los filósofos cuya obra admite las lecturas más disímiles. A uno le da la impresión de que cada persona tiene su Nietzsche a medida.

Podemos leer interpretaciones de derecha, de izquierda, anarquistas, nazis, libertarias, comunistas, ateas, teológicas, democráticas, elitistas… 

En lo personal no creo que se pueda decir cualquier cosa de cualquier texto de Nietzsche –por caso, hacer de Nietzsche un demócrata o un izquierdista implica forzar sus ideas casi hasta la caricatura-; pero coincido en que se trata de una figura tremendamente contradictoria y ambigua. ¿Cómo dilucidar de modo contundente, por ejemplo, que una lectura de Así habló Zaratustra es errónea?

“Autor de cabecera de personajes como Hitler, Lenin, Daniel Cohn-Bendit, José Ingenieros (…)”, como bien nos recuerda un profesor de filosofía bastante mediático y bilardista, la obra de Nietzsche le escapa especialmente a la sistematicidad.

Una de las cosas que más fascinaba a Nietzsche de Johann Wolfgang von Goethe era que el autor del Fausto había sabido compaginar arte y vida. En el caso de Nietzsche, en cambio, vida y obra han estado en una contradicción tal que lo terminaron llevando a la locura.

Nietzsche decía que la originalidad de la filosofía de Schopenhauer radicaba en la personalidad del autor, era “un Schopenhauer en grande”. Refuerzo la idea porque me parece destacable: lo que atraía a Nietzsche era no tanto las grandes obras sino las grandes personalidades que se vislumbran detrás de esas obras.

En una reflexión consignada en el segundo volumen de Parerga y paralipómena, Schopenhauer contradice, obviamente sin saberlo, la opinión de Nietzsche, afirmando que quienes se ocupan de conocer la vida de un filósofo, en lugar de estudiar sus pensamientos, se asemejan a aquellas personas que no admiran un cuadro sino que se conforman con examinar el marco y se interesan por el gusto de su talla o la calidad de su dorado.

Se cuenta una anécdota de otro autor que se encuadra en esta estela antibiográfica, Martin Heidegger, quien al parecer comenzó un seminario sobre Aristóteles diciendo que “nació, trabajó y murió”. El mismo Jorge Luis Borges, nuestro escritor canónico, era bastante reacio a contextualizar con fechas y datos la obra de los escritores que le agradaban.


Estas posturas extremas contrastan con la de Diógenes Laercio, cuyas Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres gustaba tanto al mismo Nietzsche.

En lo personal coincido con Nietzsche y con todos aquellos que creen que conocer la personalidad de quien filosofa ayuda a conocer mejor el contenido y la forma de su filosofar. Por caso, leer la biografía de Schopenhauer escrita  por Rüdiger Safranski, o la vida de Wittgenstein descripta por Ray Monk, ayudan a adentrarse tanto en el pensamiento de Schopenhauer como a entender mejor la obra del autor del Tractatus Logico-Philosophicus

Una conferencia no ha de ser mejor o peor juzgada si se sabe que el orador fumó medio cigarrillo de marihuana para darse ánimos, o se tomó una copa de vino. Un pensador como Nietzsche que es débil y adora la fuerza, que tuvo una vida triste y predicaba la alegría, que se cree maligno y es transparente en todo lo que dice, no parece ser alguien cuya vida no pueda elucidar mejor su pensamiento. 

“¿Vas con mujeres? ¡No olvides el látigo!”, dijo el personaje de la viejecilla en Así habló Zaratustra. ¿Se entiende mejor esa frase si conocemos las relaciones eróticas y amorosas que Nietzsche mantuvo, o mejor dicho no mantuvo, con las mujeres de su vida? Yo estoy convencido de que sí. 

“Ocuparse del pensamiento de Nietzsche -escribe Karl Jaspers- exige, a diferencia de lo que ocurre con la mayoría de los filósofos, que uno tome a la vez contacto con la realidad de su vida”.

En el último capítulo de su Ecce Homo, una autobiografía bastante megalómana que escribió poco antes de su colapso mental de 1889, él mismo nos dice: 

“Yo conozco mi suerte, un día mi nombre irá unido a algo formidable: al recuerdo de una crisis como jamás la ha habido en la tierra, a la más honda lucha de conciencia, a una decisión jurada contra todo lo que hasta entonces había sido creído, fomentado y tenido por sagrado. Yo no soy hombre, soy dinamita”.

No quiero abundar mucho en aspectos de su vida porque estoy en el cumpleaños de mi vieja y me están mirando con cara de "dejá de escribir maldito nerd, y vení a tomar cerveza con nosotros". Por eso los invito a leer a ustedes mismos las muchas biografías que se han escrito sobre el amigo Federico. 

Tenemos a nuestra disposición incluso hasta del catálogo de su “biblioteca personal” con los libros que leyó. Hay estudios de la vida de Nietzsche que abundan en detalles muy valiosos; al respecto es inestimable la monumental biografía de K. P. Janz, Friedrich Nietzsche I: Infancia y juventud; II: Los diez años de Basilea; III: Los diez años como filósofo errante; IV: Los años del hundimiento. También hay información  de primera mano, aunque hay que leer con cuidado, de su propia hermana: E. Förster-Nietzsche, Das Leben Friedrich Nietzsches. O de L. Andreas Salomé: Friedrich Nietzsche en sus obras.


Hay extensos y detallados trabajos biográficos de Ch. Andler, F. Würzbach, Werner Ross, Rüdiger Safranski, Daniel Halévy, entre muchos otros. 

Están traducidos al castellano sus textos publicados, sus fragmentos póstumos, sus cartas. Hace rato que todos aquellos que tengan ganas de leerlo, y plata para ir comprando sus libros, pueden estudiar a fondo la obra de un filósofo clave en la historia de la cultura Occidental, incluso superior a figuras titánicas como las de Luis Majul o Alejandro Rozitchner.

Ahora si son unos vagos de mierda y pretenden que sea yo el que les mastique la comida por ustedes para que la puedan digerir mejor, les digo que no lo pienso hacer bajo ningún concepto.

Eso es todo por hoy. ¡Sean felices!

Rodrigo

martes, 10 de enero de 2017

SOBRE UNA CONVERSACIÓN CON ALEJANDRO DOLINA

Estuve releyendo la excelente entrevista que el amigo Gonzalo Garcés le hizo a Alejandro Dolina para la revista Orsai

A diferencia de lo que me pasaba hace varios años, actualmente estoy reconciliado con Dolina, más allá de que me resulte cansina su exagerada dificultad para aceptar la madurez y el paso del tiempo. 

Una vez le escuché decir que no había podido disfrutar enteramente ningún placer, sin que una voz le susurrara al oído “te vas a morir” y, peor aún, sin que le dijera “se van a morir aquellos a los que amás”.


A mí el sentimiento trágico de la vida a la Don Miguel de Unamuno me aburre un poco. Entiendo que es imposible no pensar en nuestra condición de seres mortales, pero no me pasa lo de estar constantemente obsesionado con el envejecimiento, o hacer un enorme drama porque le dejé de gustar a las pendejas lindas y medio boludas que gustaban de mí cuando era adolescente. Sabemos que, con suerte y viento a favor, vamos a llegar a ancianos. Ahora bien, como decía Voltaire, “quien no tiene las virtudes de su edad, tendrá que cargar sólo con sus defectos”. Cada edad tiene virtudes que son propias de ese momento, más allá de que a veces la experiencia sea un peine que te dan cuando te has quedado calvo.


En fin, volvamos a la entrevista. Como dice el amigo Gonzalo, “Dolina viene conversando apasionadamente hace muchos años con Schopenhauer, con la China antigua, con Platón, con Borges, con Tolstoi, con los trovadores provenzales, con Woody Allen, con Werner Heisenberg, con Max Planck y otros filósofos de barrio. Es una conversación sin certezas y que tiene todo el aspecto de no terminar. Es decir, es una verdadera conversación”.


Las Crónicas del ángel gris (1988) o El libro del fantasma (1999) me parecen libros flojos, demasiado ingenuos, ideales cuando uno está en la adolescencia. Hay frases escritas ahí que te parecen una obra de arte cuando pibe, pero que después suenan demasiado obvias:


“El amor depara dos máximas adversidades de opuesto signo: amar a quien no nos ama y ser amados por quien no podemos amar”.

“El universo es una perversa inmensidad hecha de ausencia. Uno no está en casi ninguna parte”.

“No se puede ser artista si no se ha perdido algo, los poemas de amor satisfecho aparecen como una compadrada de mercaderes afortunados”.

“No hay mejor amor que el que nunca ha sido. Los romances que alcanzan a completarse conducen inevitablemente al desengaño, al encono o a la paciencia; los amores incompletos son siempre capullo, son siempre Pasión”.

Y frases así por el estilo.

Sin embargo, la división entre “Hombres Sensibles”  y “Refutadores de leyendas” no es una división que Dolina defienda hoy, donde nos dice que la teoría de la relatividad puede ser tan o más hermosa que cualquier obra de arte.

En cierto modo, el exceso de información disponible y la pereza mental del entrevistador dificulta la realización de muchas buenas entrevistas, porque obligan al entrevistado a caer en la redundancia: “así que usted nació en Caseros”, o “así que su madre era maestra”, “¿prefiere componer o escribir?”, y llevan a Dolina a contar lo mismo que ya dijo en cientos de reportajes. No sin cierta vanidad, Dolina dice que la mente pide “verlo a uno en acción”, y Gonzalo agrega: “pide ver a César cruzando el Rubicón”.

Anyway, me gustó lo que el tipo dice sobre los mandatos sociales, que pesan más de lo que nos gustaría reconocer, a veces por el esfuerzo que uno pone en no cumplirlos:

“El mandato social exige garantizar nuestro sentimiento de mañana. Dar garantías acerca de nuestro comportamiento. Yo no digo que eso esté mal; la sociedad necesita esa garantía, siquiera  para criar a los hijos. Pero confundir eso con la pasión, con el deseo, tratar de que el deseo suceda a intervalos regulares y en lugares cómodos, con personas de nuestro mismo grupo social, de edad adecuada, etcétera, bueno, eso es llevar las cosas demasiado lejos. Y por más que la sociedad esté convencida de su propia liberalidad al respecto, yo creo que sigue ejerciendo una fuerte presión sobre cualquier tipo de heterodoxia”.

Gonzalo le recuerda a Dolina la distinción griega entre “eros” y “agapé”, entre el amor pasional y el amor más sereno, y dice que Hollywood tal vez confundió ambos tipos de amor y creó la fantasía de que el amor debe durar para siempre. Dolina recuerda que esa distinción comenzó en el siglo XII o XIII, “en la tierra del Langedoc, en las llamadas cortes de amor”.


Eso me recuerda El amor y Occidente, del filósofo y escritor suizo Denis de Rougemont:

“Amor y muerte, amor mortal: si no es toda la poesía, es al menos todo lo que hay de popular, todo lo que hay de universalmente emotivo, en nuestras literaturas. El amor feliz no tiene historia. Sólo el amor mortal es novelesco; sólo el amor amenazado y condenado por la propia vida puede ser exaltado por el lirismo. Es un dato constatable: el hombre occidental, a través de su literatura y de su lírica, ama por lo menos tanto lo que destruye como lo que asegura «la felicidad de los esposos». ¿De dónde puede venir una contradicción tal? Si el secreto de la crisis del matrimonio reside en el atractivo de lo prohibido, ¿de dónde nos viene ese gusto por las desgracias? ¿Qué ideal del amor presupone? ¿Qué secreto de nuestra existencia, de nuestro espíritu, tal vez de nuestra historia, se desvela?”.

Personalmente distinguiría, con esa tendencia mía tan característica de explicarlo todo, entre “eros”, “philia” y “agape”. Tomo la distinción, principalmente, de algunas intuiciones de André Comte-Sponville:

Eros:


El amor erótico es el más egoísta, y tiene que ver con la atracción física, la pasión, el deseo; podemos caracterizarlo con una cita de Lucrecio que habla sobre los sentimientos de los amantes:

“Con sus miembros amalgamados, gozan esa flor de la juventud, y ya sus cuerpos adivinan la voluptuosidad siguiente; Venus va a fertilizar el campo de la mujer; aprietan ávidamente el cuerpo del amante, mezclan la saliva, dientes sellados contra las bocas: vanos esfuerzos, porque no pueden robar nada del cuerpo que abrazan, ni penetrarlo o fundirse en el otro por completo. Porque, por momentos eso parece que desean…”.


El amante que se encuentra bajo el influjo de Eros ama a su amada como el lobo ama al cordero. Como diría Ariosto: “Igual que el cazador que persigue a la liebre, por el frío y por el calor, por montes y valles; sólo la estima cuando huye y la menosprecia cuando la tiene”.

En este sentido, estar enamorado es amar al otro para bien de uno mismo. Por eso se torna vital  la presencia de otro tipo de amor, si se quiere, más virtuoso (entiéndase bien, más virtuoso no quiere decir más necesario): la amistad (philia).

Philia:

Platón ha sugerido que el deseo implica una carencia. Por caso: no desea salud el que está sano sino el enfermo. Lo que la persona saludable desea no es la salud presente sino la por venir. Comte-sponville hace al respecto una distinción que me parece muy iluminadora: él dice que Platón confunde deseo y esperanza. Por ejemplo: un escritor que ama su profesión sabe, intuitivamente, que hay un abismo entre escribir y tener la esperanza de escribir, que es el abismo que separa el deseo como carencia (esperanza o pasión) del deseo como potencia. Gozamos con lo que hacemos o con lo que somos toda vez que deseamos aquello que no nos falta. La diferencia entre esperanza y deseo es la que existe entre el hambre que tortura al hambriento y el apetito que deleita a un gourmet.


La amistad no es carencia ni deseo de fusión sino comunidad, fidelidad, ganas de compartir. El amor como philia es el que puede darse entre marido y mujer al cabo de un tiempo: al comienzo se hace presente el eros, el hambre, el deseo como carencia, el amor que aferra, que devora, el amor egoísta. Más tarde se puede aprender a amar al otro aceptándolo como alguien distinto. 

El de la amistad no es un fuego inconstante y fugitivo sino templado y duradero. La amistad se alimenta y crece del goce de compartir una charla, de reírnos juntos, de consolarnos mutuamente.

La amistad se funda en la libre elección del otro, y siempre es entre iguales. Cuenta Montaigne que Arístipo, cuando le acosaban con el afecto que debía a sus hijos por haber salido de él, se puso a escupir diciendo que aquello también había salido de él, y que igualmente engendramos piojos y gusanos.

El mismo Montaigne, al tratar de explicar su amistad con La Boétie, dijo: “si me obligan a decir porqué le quería, siento que sólo puedo expresarlo contestando: porque era él, porque era yo”.

Agapé:


El término griego agapé es lo que la iglesia latina ha traducido como cháritas. Utilizo el término griego porque entre nosotros la palabra caridad tiene una connotación más de “dar limosna”, y no es eso lo que intento expresar bajo este concepto.


Hay una frase magnífica, me han dicho que es de Cesare Pavese pero para mí puede también ser de Theodor Adorno en su Mínima Moralia: “serás amado el día en que puedas mostrar tu debilidad sin que el otro la utilice para afirmar su fuerza”. Este tipo de amor es uno de los más difíciles de lograr, casi se diría que es sobrehumano. En muy pocas ocasiones, tal vez nunca, llegamos a ser capaces de semejante tipo de amor.


El amor en el sentido de agapé implica: amar espontáneamente, gratuitamente, sin motivo, sin interés y casi sin justificación. Esto no sólo lo distingue de la avidez del eros sino también de philia: la amistad implica alegrarme con la alegría del amigo, dar placer y amor porque así recibiré placer y amor, etc. Posiblemente, agapé sea un desideratum solo al alcance de los santos; o quizá el amor de los padres por sus hijos se parezca al amor de “agapé”. Acaso la amistad sea el único amor generoso del que seamos capaces.

Si una persona nos ama nos da poder: el poder de hacerla momentáneamente feliz, que es otra forma de decir que nos da las armas para lastimarla.

Volviendo a Dolina, el tipo nos recuerda el ensayo de Octavio Paz, La llama doble:

“Paz atribuye el origen del amor tal como lo vivimos nosotros –es decir el amor pensado como irreemplazable, como escuela de desengaños, el amor pensado como sufrimiento, si fuera necesario- al discurso que se desarrolló en las cortes de amor del siglo XII. Ahí estaría la pasión, es decir lo primero que uno siente, la visión de un cuerpo hermoso, diría Platón, y luego el agregado de un discurso espiritual al respecto”.

Me gustó la respuesta de Dolina cuando dice que “el deseo es ineficaz cuando su cumplimiento es tan lejano que provoca el desaliento o cuando su cumplimiento es tan cercano que provoca el aburrimiento. Si el deseo se cumple inexorablemente y al instante, bueno, eso aburre. Y si no se cumple nunca te descorazona. Un deseo suficientemente elástico, que se cumple a veces, yo creo que mantiene al espíritu en una intensa ansiedad, que es lo más parecido a la felicidad que yo he conocido”.

Y luego agrega un matiz que me parece interesante:

“(…) el deseo es tan elástico que de tanto estirarse y aflojarse, empieza a no servir. De tanto desear, y de tanto convertir bagatelas en utopías, el deseo también se afloja. Y el alma se desengaña, se aburre, se ofende. Si cualquier cosa es un deseo, uno se ofende. El espíritu se ofende”.

Luego de leer la entrevista en Orsai y como estoy de vacaciones, estuve tomando unos mates y viendo algunas entrevistas que le hicieron al Negro por televisión. Escuchándolo se me ocurrían algunos pensamientos:

Definirse a uno mismo implica limitarse, achicar los horizontes. No es necesario saber exactamente quién es uno: yo no sé lo que soy, pero sé de qué huyo. Está bueno tratar de no tener demasiadas certezas: las certezas nos vuelven intolerantes. La duda humilla, te vuelve más humilde, más terrenal, y quizá por eso convoca mejor a la amistad. “¿Seré tan bueno como dicen mis tías?”. Muchas veces yo mismo afirmo cosas con demasiado énfasis, y me dejo llevar por la pasión. Sin embargo, no es porque quiera imponerle a nadie mi visión de la vida: simplemente comparto lo que pienso por si eso me ayuda a encontrar algún alma más o menos afín.

No tengo mayores problemas si algún escritor, músico o artista que a mí me conmueve en lo más hondo, a otro lo deja indiferente. No me importa en lo más mínimo que estén de acuerdo con cada cosa que digo, sino que tanto su acuerdo parcial, su desacuerdo total o su coincidencia plena me ayuden a pensar, a ser mejor persona de lo que era. No tengo laureles en los cuales dormirme, pero igual me viene bien que las personas que me conocen me ayuden a no dejarme estar. Dejarse estar es una descortesía para aquellos que nos quieren. Hay tipos que se desinflan con el paso del tiempo, y no en el sentido de que se arrugan o echan panza, sino que empiezan a reírse de chistes cada vez más boludos, andan con la camisa desabrochada, no piensan antes de hablar… Hacen de cuenta que no hay nadie a su alrededor que los quiere, o que los está escuchando o que debe aguantar el olor a chivo o sus desatinos al conversar.


En una de las entrevistas le preguntan por su relación con el padre. Dolina cuenta que lo suyo con el padre fue quererse más que comprenderse. “Comprenderse no era lo nuestro”, ahora “si a uno le dan a elegir entre que lo comprendan y que lo quieran, no lo pensaría ni un segundo. No necesito minas que me comprendan, necesito minas que me quieran mucho”.

Los celos pueden ser, si uno es piola, un acicate para incrementar el deseo. Lo mejor es buscar la intensificación del deseo propio viendo cómo los demás desean a la mujer que uno ama, sin por eso festejar que se vaya con el vecino. Sabiendo que nosotros miraremos con deseo a otras mujeres que pasan tanto como ellas desean otros hombres ocasionalmente.

Para terminar, les dejo una hermosa creación de Alfredo Lepera, un hermoso tango que a Dolina le gusta mucho porque le recuerda su miedo al paso del tiempo y su trágica dificultad para enamorar pendejas. Lo supo cantar muy hermosamente el gran Carlos Gardel:


VOLVIÓ UNA NOCHE (1935):

Volvió una noche, no la esperaba,
había en su rostro tanta ansiedad
que tuve pena de recordarle
su felonía y su crueldad.
Me dijo humilde: "Si me perdonas,
el tiempo viejo otra vez vendrá.
La primavera es nuestra vida,
verás que todo nos sonreirá"

Mentira, mentira, yo quise decirle,
las horas que pasan ya no vuelven más.
Y así mi cariño al tuyo enlazado
es sólo un fantasma del viejo pasado
que ya no se puede resucitar.
Callé mi amargura y tuve piedad.
Sus ojos azules, muy grandes se abrieron,
mi pena inaudita pronto comprendieron
y con una mueca de mujer vencida
me dijo: "Es la vida". Y no la vi más.

Volvió esa noche, nunca la olvido,
con la mirada triste y sin luz.
Y tuve miedo de aquel espectro
que fue locura en mi juventud.
Se fue en silencio, sin un reproche,
busqué un espejo y me quise mirar.
Había en mi frente tantos inviernos
que también ella tuvo piedad.

lunes, 9 de enero de 2017

OH JOVEN ESCRITOR QUE SALES A CAZAR ANÉCDOTAS

Imagino jóvenes aspirantes a escritores, tal vez lectores de Bukowski, Hemingway o Henry Miller, que cada tanto salen a juntar anécdotas: se enamoran de alguien que no les conviene, se emborrachan de más, se drogan sin mesura, se agarran a trompadas en un bar, viajan de mochileros al norte argentino. Naturalmente, es difícil vivir una aventura en la que un grupo de taiwaneses te secuestra para venderte como esclavo en Sudán –lo cual podría ayudarte a construir una anécdota maravillosa- , sino que o no te dejan entrar a un boliche porque no te pusiste los zapatos adecuados o te putearon por pasar un semáforo en rojo.

Entonces el joven aspirante a escritor descubre que no es suficiente con vivir una experiencia digna de ser contada, sino que hace falta mucho más para transmitir una vivencia, crear un personaje creíble y conmover a un potencial lector. Por lo demás, la pasión pura no sirve en el arte, por eso los escritores con oficio aconsejan no escribir sobre algo que todavía nos conmueve demasiado. Los buenos escritores son capaces de hacer maravilloso lo trivial, mientras que los malos escritores son capaces de volver triviales los temas más importantes. Kafka no necesitó irse de mochilero al norte para escribir páginas extraordinarias: lo hizo casi sin salir de Praga.

Me permito volver a citar algunos consejos valiosos de Don Abelardo Castillo, copiados de su Ser escritor

-          "Nadie escribió nunca un libro. Sólo se escriben borradores. Un gran escritor es el que escribe el borrador más hermoso.

-          No es lo mismo ambigüedad que confusión. Una historia debe tener siempre un único final. Si quisiste sugerir dos o más desenlaces, esos desenlaces son un único final: se llama ambigüedad. Si nadie entiende ni medio se llama confusión.

-          No cualquier cosa, por el mero hecho de haberte sucedido, es interesante  para otro. Esto vale tanto para escribir como para conversar.

-          Lo que llamamos estilo sucede más allá de la gramática. No es lo mismo decir: “ahí está la ventana” que “la ventana está ahí”. En un caso se privilegia el espacio; en el otro, el objeto. Toda sintaxis es una concepción del mundo”.

¡Sean felices!

Rodrigo

jueves, 5 de enero de 2017

EL NIETZSCHE DE GEORG BRANDES. UN ENSAYO SOBRE EL RADICALISMO ARISTOCRÁTICO

Para criticar a un autor valioso, primero hay que dejarse fascinar por su  obra y tratar de seguirlo en su discurrir. Esta actitud de dejarse arrastrar se parece, de algún modo, a lo que sugería Samuel Taylor Coleridge en referencia a la fe poética, que implica una “voluntaria suspensión de la incredulidad” –willing suspension of desbelief- que nos  permite sumergirnos en el mundo ficcional que el creador de la obra nos propone. Más allá de que Coleridge se refería a textos de “ficción” y no a composiciones filosóficas o científicas creo que, especialmente en el caso de Nietzsche, la sugerencia del autor de Kubla Khan nos puede ser de utilidad.


En una de sus tantas “clases a la gorra”, Diego Singer plantea que, al empezar la lectura de una obra clásica de filosofía, hay que tener en cuenta tres cuestiones: 

1) Antes de leer textos complejos, como los de Nietzsche, hay que predisponerse a re-leerlos, incluso más de tres  o cuatro veces. Debemos “rumiar” los textos, pasarlos  de un estómago a otro para sacarles el jugo, los nutrientes, como hacen los herbívoros con el alimento;

2) Hay que ser muy generoso con el autor que uno lee, y seguirlo en el movimiento que propone. No hay que plantarse frente al autor con una postura soberbia de “estoy en desacuerdo” o de “¿qué está diciendo este loco o este excéntrico?”. Diego pone el ejemplo del tango, donde para bailar hay que entregarse y seguir los movimientos de la pareja;


3) Hay que sacarse de encima la pretensión de “entender todo”. El “no entiendo” es, a menudo, una forma de cobardía, de pereza mental. La cuestión no es comprenderlo todo, sino que el texto nos produzca algún trastorno, nos diga algo. Por lo demás, la comprensión absoluta no es posible, si el texto vale la pena, ni siquiera para quien lo escribe.

Ahora bien, en un momento posterior, me parece necesario dialogar críticamente con el autor, sin hacerle decir lo que nosotros queremos que diga en lugar nuestro. En este sentido, es tan ridículo hacer de Nietzsche un nazi avant la lettre, como reducirlo a una suerte de “proto-anarquista”, o a un “liberal” o un “izquierdista”.

En 1890, el crítico danés George Brandes publicó, en la revista Deutsche  Rundschau, un artículo titulado “Aristokratischer Radikalismus. Eine Abhandlung  über Friedrich Nietzsche” (Radicalismo aristocrático. Una disertación sobre Friedrich Nietzsche), donde el pensamiento nietzscheano es presentado como fruto de una profunda inspiración tanto ética como política.

Ambos autores llegaron a intercambiarse varias cartas, desde el 26 de noviembre de 1887 hasta principios de 1889, cuando ya Nietzsche había empezado a perderse  en las tinieblas de la enajenación mental.

En una de las cartas, Nietzsche le confesó: “La expresión ‘radicalismo aristocrático’, que usted me dirige, me agrada. Permítame decirle que es lo más fuerte que de mí se ha dicho”.


Para quienes no lo conocen, Georg Brandes nació en Copenhague, capital de Dinamarca, el 4 de febrero de 1842. Era  de origen hebreo, y su filosofía racionalista fue influenciada por autores como Stuart Mill, Kierkegaard, Renan y Taine, entre otros.


Según Nicolás González Varela -la foto de sus libros se la afané sin permiso, pero sé que me va a perdonar- en su Nietzsche  contra la democracia, las lecturas marginalmente políticas que se han realizado del autor de El origen de la tragedia, mayormente en la tradición anglosajona, “paradójicamente nos representan un Nietzsche hiperliberal, anarquista individualista, antiimperialista, que incluso puede ser una fuente valorable de recursos para el desarrollo de una teoría democrática posmoderna”.

Este tipo de interpretaciones, de acuerdo al amigo Nicolás, reducen la obra de Nietzsche a un “burdo mecanismo de anacronismos, extrapolaciones y arbitrariedades presentadas como necesarias. Lo accidental en Nietzsche, incluso lo anecdótico, se transforma en el núcleo central. La inexactitud filológica se revela como un 'approche' estético, reduciendo todo a la retórica, a un juego de metáforas (…)”.

Es cierto que el estilo  aforístico, fragmentario e incluso poético de Nietzsche facilita el hecho de que sus textos se presten especialmente a la manipulación hermenéutica. De ahí que el estudio pionero de Brandes me parezca digno de ser leído, porque se trata de la mirada de un contemporáneo.


Brandes comienza su  artículo diciendo que “en la literatura de la Alemania actual, Friedrich Nietzsche me parece el escritor más interesante. Aunque poco conocido, incluso en su patria, Nietzsche es un espíritu absolutamente de primer orden que merece por completo ser estudiado, discutido, combatido y asimilado”


Es curioso que lo llame “escritor” y no “filósofo”. Me interesa además que el danés hable de la necesidad de COMBATIR sus ideas. Sin embargo, lo que me parece más interesante del libro de Brandes radica en que no hace de Nietzsche un pensador que se desentiende de las cuestiones políticas, sino muy por el contrario. 

En la primera carta que le envía, antes de publicar su artículo, Brandes le escribe lo siguiente:

“Un espíritu nuevo y original me llega de sus creaciones. Aún no entiendo muy bien lo que he leído, no siempre alcanzo a distinguir su idea, pero mucho de lo suyo está en armonía con mi pensamiento y con mis simpatías, como el desprecio a los ideales ascéticos y el profundo asco a la mediocridad democrática, aquello a lo que yo hubiera llamado radicalismo aristocrático. Su desprecio a la moral de la piedad aún no lo comprendo muy bien. Hay en su  obra observaciones acerca de las mujeres con las que no concuerdo”.

El 2 de diciembre de 1887, Nietzsche le responde lo siguiente:

"Estimado señor:

Éste es mi anhelo: algunos lectores a quienes apreciar y nada más. Con el transcurso del tiempo tengo siempre menos esperanza de que mi deseo se realice, pero por eso tengo mucha suerte para los buenos lectores. Siempre los he tenido pocos y buenos. El viejo hegeliano Hugo Bauer y Richard Wagner han sido de los lectores que anhelo: ya no están entre los vivos, pero entre los colegas que viven aún, me leen personas como mi amigo Jacob Burckhardt, Hans von Bulow, Hippolyte Taine y el poeta suizo Keller, a quien debe usted conocer."


Como dijimos al principio del posteo, en esa carta Nietzsche le confiesa a Brandes que se sintió representado por la expresión “radicalismo aristocrático” que se le atribuye.

El 15 de diciembre de 1887, Brandes le responde  desde Copenhague, diciéndole, entre otras cosas:

“He empleado sobre su doctrina la expresión de ‘radicalismo aristocrático’ porque estas palabras reflejan claramente mis propias convicciones políticas. Me choca un poco la agudeza y la pasión de sus filípicas en contra de fenómenos como la propaganda socialista  y anarquista. Las ideas anarquistas de Kropotkin no son tonterías, como dice usted”.

Insisto nuevamente en que a Brandes no se le pasa por la cabeza tratar a Niezsche como a una personalidad “apolítica”. Desde joven, el autor de Así hablaba Zaratustra se interesó por la política y la historia, como atestiguan sus lecturas de Maquiavelo, Bakunin, Louis Blanc, Tocqueville, Michelet, Ranke y tantos otros. 


Como bien destaca el amigo Nicolás, “desde sus primeros escritos sobre Napoleóon III, hasta sus pertinentes e informadas menciones en cartas y manuscritos sobre los hechos político-sociales más importantes de los años transcurridos entre 1860 y 1880, como por ejemplo la reforma del ejército prusiano en los inicios de los 1860’s, la crisis de Schleswig-Holstein y la guerra de Prusia contra Dinamarca (1863/64), la guerra imperialista entre Austria y Prusia (1866), la introducción del sufragio universal masculino en Prusia (1867/1871), las primeras coaliciones y asociaciones obreras (1867-1868), las elecciones y luchas parlamentarias (1867-1880), sobre el partido más importante del II Reich contra la Iglesia Católica Romana (circa 1871/1879), las leyes de Bismarck prohibiendo el partido socialdemócrata, el SPD (1878), las reformas sociales populistas de Bismarck”, etc.; hacen que de lo que menos se pueda hablar es de un tipo que no le daba bolilla a la política del día a día en su tiempo.

En lo personal me parece interesante contraponer la figura de Nietzsche a la de Tolstói, sobre todo porque ambos son auténticos MAESTROS, aunque seguramente yo no sea un discípulo digno.

En un artículo necrológico que cierra la edición del libro, escrito en 1900, Brandes afirma:

“En los últimos años Nietzsche y Tolstói fueron dos polos opuestos de la vida. La moral de Nietzsche es aristocrática, la de Tolstói popular; individualista la del primero y evangélica la del segundo. Nietzsche quiere la superioridad del individuo y Tolstói proclama la necesidad del sacrificio de la vida colectiva”.

Es evidente que se trata de temperamentos MUY diferentes. No es casualidad que el autor de Ana Karenina haya dicho que Nietzsche era un ser “medio demente, de una seguridad en sí mismo rayana en la locura, inconsistente, limitado pero diestro en el lenguaje”, y además que lo leyó con placer pero “con asco”

Recordemos que tanto Nietzsche como Tolstói son lectores de la obra de Schopenhauer.  No importa demasiado que yo les aclare que estoy mucho más próximo a Tolstói que a Nietzsche. Al Fede lo admiro, a Tolstói lo admiro pero además lo quiero y, en muchos aspectos, me parece un modelo a seguir.

Brandes destaca como característico de la obra de Nietzsche su hipótesis respecto de la cual un pueblo está en estado de civilización cuando los hombres de la sociedad trabajan constantemente para la producción de grandes personalidades. ¿Y cuándo están alejados de la civilización? Muy sencillo: cuando las masas dificultan o impiden la producción del genio.

Brandes cita a Nietzsche cuando afirma que "la humanidad trabajará incesantemente para producir grandes individuos: esto y nada más deberá ser su tarea". Y luego agrega:

"Ciertos autores, almas aristocráticas contemporáneas, han llegado a la misma verdad. Así, Ernest Renan se expresa de un modo casi idéntico: ‘En definitiva, el fin de la humanidad es producir grandes hombres. Nada hay sin los grandes hombres. De los grandes hombres es de donde nos vendrá la salud’. Y por las cartas de Flaubert a Georg Sand se advierte hasta qué punto el autor de Madame Bovary estaba convencido del mismo pensamiento, pues llega a decir lo siguiente: ‘La única cosa razonable es un gobierno de mandarines, con la condición de que éstos sepan alguna cosa o, más bien, de que sepan muchas cosas’”.

Les comento algunos fragmentos del artículo de Brandes, por si no consiguen el libro. Si quieren leer la versión inglesa, pueden hacer click acá.

Antes que nada hay que tener en cuenta que, siendo un estudio pionero, el autor ni leyó la obra completa de Nietzsche, ni mucho menos se empapó de las interpretaciones de otros estudiosos. Ese es el motivo por el cual, al comienzo de su artículo, Brandes aborda cuestiones que hoy ya son ultra-sabidas, como la afición inicial de Nietzsche por la obra de Schopenhauer, su amor por la música de Richard Wagner o su admiración por Jacob Burckhardt.

Recordemos que, en la primera de las Consideraciones Intempestivas, que lleva por título "David Strauss, el confesor y el escritor", Nietzsche alude a la victoria militar de Prusia sobre Francia, en 1870, y critica el hecho de que haya sido interpretada y presentada por varios intelectuales y periodistas de aquel entonces como una victoria de la cultura alemana sobre la francesa. Nietzsche percibe que la cultura alemana está presidida por el racionalismo económico, por la idolatría positivista de “los hechos”, por la discursividad científica y por la “opinión pública”. 

Según Brandes, Nietzsche considera que las palabras “civilización” y “civilización homogénea” son sinónimas, dado que la idea de civilización se manifiesta bajo la forma de unidad de estilo a través de todas las manifestaciones de la vida de una nación. Sin embargo, el crítico danés se despega de interpretaciones que varios años después harán algunos partidarios del nazismo:

“Pero civilización homogénea no es, naturalmente, sinónimo de civilización autóctona. La vieja Islandia, por ejemplo, poseía una civilización homogénea, aunque su alto desarrollo fue debido a las relaciones muy vivas existentes entre esa isla y Europa; una civilización homogénea distinguía a la Italia del Renacimiento, a la Inglaterra del siglo XVI y a la Francia de los siglos XVII  XVIII; y esto, gracias a que Italia construyó su civilización con impresiones griegas, romanas y españolas; Francia la suya con elementos antiguos celtas, españoles e italianos; y a que el pueblo inglés fue, en un grado mayor que los otros pueblos, el resultado de la mezcla de razas”.

Brandes destaca luego que, para Nietzsche, el tiempo de las civilizaciones nacionales ya pasó, y que “no está lejos el momento en que no se hablará ya más que de una civilización americanaeuropea, sola y única”.

Y más adelante, Brandes nos dice:

“A los ojos de Nietzsche, la desgracia capital para un país no es, por lo tanto, no poseer todavía una civilización verdadera, única y sistematizada, sino creerse civilizado cuando no lo está”. Por eso es que, en 1878, Nietzsche introduce el término Bildungsphilister (filisteo culto), que es aquél que se autoengaña creyéndose un hombre culto cuando es justamente lo contrario.


Como es de sobra conocido, Nietzsche siempre manifestó un desprecio absoluto, tanto por el periodismo como por la llamada “opinión pública”. Cuanto más dotado está un individuo de personalidad propia, es tanto más impermeable a seguir las opiniones del rebaño.

Ahí aparece la figura de Schopenhauer como maestro, como el pensador solitario que escribe verdades que sus contemporáneos no están dispuestos a escuchar. Al respecto, Brandes puntualiza lo siguiente:


“En nuestros días, las palabras ‘institución de cultura’ designan a una organización en virtud de la cual la gente cultivada avanza en filas cerradas, echando a  un lado a todos los oponentes solitarios cuyo esfuerzo tiende a fines superiores. Aun entre los hombres de ciencia, la facultad de comprender al genio en formación peca de ordinario, lo mismo que la comprensión del valor del genio contemporáneo en  plena actividad. Por esta razón, y a pesar de los progresos rápidos e innegables en todos los dominios técnicos y especiales de la ciencia, las condiciones para la existencia de los grandes hombres han mejorado poco; de hecho, se puede decir que el resentimiento con respecto a todo lo que es genial se ha recrudecido más que disminuido”.

En fin, tampoco pretendo resumirles todo el contenido de un artículo que pueden leer ustedes mismos. Solamente quiero agregar que, en el intercambio epistolar que mantuvieron, me pareció curioso el desacuerdo sobre la figura de Dostoievski:

18. De Nietzsche a Brandes
Turín, 20 de octubre de 1888

"(...) Me agrada Rusia, como a usted. Cada libro ruso, especialmente de Dostoievsky (¡en traducción francesa, por Dios, no alemana!), es mi mayor consuelo y un verdadero manantial de tranquilidad."

19. De Brandes a Nietzsche
Copenhague, 16 de noviembre de 1888

"(...)  (Dostoievsky) Es un gran poeta, pero un ser repugnante, cristianamente emocional y sádico al mismo tiempo. Toda su moral es la que usted llama moral de esclavos".

20. De Nietzsche a Brandes
Turín, Carlo Camino Alberto, 20 de noviembre de 1888.

"(...) Estoy conforme con lo que dice usted de Dostoievsky: siento por él mucho aprecio como uno de los psicólogos más grandes del mundo. Le estoy profundamente agradecido, por más antagónico que sea a mis instintos. Lo mismo siento hacia Pascal, a quien casi quiero, porque me enseñó mucho, mucho. ¡Es el único cristiano lógico!"

Vale decir, Nietzsche está dispuesto a admirar a personalidades incluso contrarias a sus propios instintos.


Para no extenderme más, déjenme decirles que para entender a otra persona, no basta con admitir la verdad trivial de que se trata de alguien diferente a mí: lo decisivo es comprender que no sólo yo soy un extranjero para el otro, sino que yo soy extranjero incluso para mí mismo, como él ha de serlo para sí. Como es natural, Nietzsche no pensó lo mismo en cada período de su vida; sin embargo, el desprecio por la democracia fue una constante a lo largo de toda su vida. El socialismo siempre le pareció cosa del rebaño, de la plebe, de pobres gentes que quieren calentarse mutuamente. No es casual que, en una de sus cartas, Brandes le recomiende la lectura de Kierkegaard, otro autor que desprecia a las masas y ensalza al individuo, aunque desde una postura que, aún siendo heterodoxa, jamás dejó de ser cristiana.

En síntesis, adhiero al lugar común que sostiene que uno debe leer a Nietzsche contra Nietzsche, a Nietzsche contra Marx, a Marx contra Nietzsche y así siguiendo. Lo que no me parece una actitud piola es comprar una visión edulcorada de los autores que leemos, o seleccionar citas meramente para acomodar una obra compleja para que encaje con nuestros propios prejuicios. Me parece que hay que tratar de tener el coraje de animarse a mirar el abismo con los ojos bien abiertos.

¡Sean felices!

Rodrigo