jueves, 25 de agosto de 2016

SOBRE LA TERNURA

Casi sin  querer queriendo, como decía el Chavo, leo en diferentes libros algunas definiciones sobre la ternura que me dejaron pensando:

"La ternura es un intento de crear un ámbito artificial en el que pueda tener validez el compromiso de comportarnos con nuestro prójimo como si fuera un niño" (Milan Kundera). 

"No es solamente necesidad de ternura sino también necesidad de ser tierno para el otro: nos encerramos en una bondad mutua, nos materializamos mutuamente; volvemos a la raíz de toda relación, allí donde necesidad y deseo se juntan. El gesto tierno dice: pídeme lo que sea que pueda aplacar tu cuerpo, pero tampoco olvides que te deseo un poco, ligeramente, sin querer tomar nada enseguida". (Roland Barthes, Fragmentos de un discurso amoroso).

(...) "La ternura nace en el momento en el que el hombre es escupido hacia el umbral de la madurez y se da  cuenta, angustiado, de las ventajas de la infancia que, como niño, no comprendía" (...) "La ternura es el miedo que nos inspira la edad adulta" (...) (Milan Kundera)

El amigo Pablo Ramos siempre cita una frase de Santa Teresa, que dice "las palabras llevan a las acciones, alistan el alma, la ordenan y la mueven hacia la ternura'. 

Y acá viene una definición, tal vez complementaria o tal vez contradictoria pero en todo caso diversa a la de Kundera:

"La Ternura no es andar acariciando niños por ahí, ni abrazar demasiado a los amigos o conocidos, ni repetir 'Te quiero' como quien repite el ajo en las comidas. La Ternura es un ideal, un lugar de descanso del cuerpo, de la mente y del espíritu. Yo encontré en la Ternura, en lo contrario a la Ferocidad, a ese tan mentado Poder Superior, más allá de mi formación católica". 

Y luego agrega una definición borgeana: 

"Creo que la Ternura es el hecho estético por excelencia, porque es la inminencia de una revelación que no se produce y que tal vez no se produzca". 

Eso es todo por hoy. ¡Sean felices!

domingo, 21 de agosto de 2016

HASTA QUE PUEDAS QUERERTE SOLO

“Estoy sola, y sobro”. Me cuenta mi vieja que esa frase fue dicha en una de las reuniones de Al-Anon, es decir, alcohólicos anónimos. 

En otra de las reuniones, una de las participantes manifestó que “estaba tan mal, tan mal, tan mal, que me traje”. 

El escritor estadounidense John Cheever hablaba de nuestro mundo, “un mundo extraño y alcoholizado”

El querido Pablo Ramos, mi profe “efímero” -fui solamente a cuatro talleres dictados por él y por pereza dejé de ir- publicó hace poco otro hermoso libro, que ya desde el título resulta muy significativo: Hasta que puedas quererte solo

Pablo es un muy buen tipo: soberbio, contradictorio, desbordado, sincero, espiritual, cascarrabias, sensible y muy gracioso. La frase que da origen a la portada del libro se basa en algo que dijo la primer persona que lo invitó a entrar cuando lo vio parado en la puerta de Narcóticos Anónimos: 

“’Pase lo que pase vos vení’, me dijo, ‘que acá te vamos a querer, hasta que puedas quererte solo’”. 

En fin, si caminan por ahí y entran a una librería, llévense el libro de Pablo porque vale la pena. Acá pueden ver y escuchar una charla que tuvieron con Oscar Cuervo y Maxi, donde hablaron del libro, del Zaratustra de Nietzsche y también del cine de Werner Herzog.

sábado, 20 de agosto de 2016

FRAGMENTO EN EL QUE BORGES PREFIGURA UNA LETRA DE SPINETTA

El olvido de la etimología es esencial para el diálogo: uno  dice "náusea" y no se refiere a una nave. Uno se "marea" en el micro  o en el auto. Dar la mano significaba mostrar que uno no llevaba armas. En ese sentido tiene razón Borges cuando sugiere, mitad en broma y mitad en serio, que la etimología indica lo que las palabras ya NO significan. Criticando a su despreciado Ortega y Gasset, nos dice:

"Un diccionario etimológico no es la llave de la verdad. Nadie cree que un pontífice sea un pontonero, ni que un políglota tenga muchas gargantas. La etimología revela lo que las palabras ya no significan" (Bioy Casares, Borges, domingo 13 de septiembre de 1959).


Sin embargo, la etimología nos ayuda a entender que tal vez lo contrario del amor no es la ceguera, sino justamente la envidia. Sabemos que envidiar a alguien implica “no verlo”.


En cierto modo, enamorarse de una persona es verla como la ve Dios. El amor, más que ciego, es ilusorio. Se supone que Dios ve a cada hormiga y a cada hombre como si fueran seres singulares. Para nosotros una hormiga es todas las hormigas.

En su poema Al triste, nos dice Borges: "una sola persona es tu cuidado, IGUAL A LAS DEMÁS, pero que es ella". Es la misma idea, ¿no? Y en Amorosa anticipación, se expresa esa idea de la  visión de Dios:

"Ni la intimidad de tu frente clara como una fiesta
ni la costumbre de tu cuerpo, aún misterioso y tácito y de niña,
ni la sucesión de tu vida asumiendo palabras o silencios
serán favor tan misterioso
como el mirar tu sueño implicado
en la vigilia de mis brazos.
Virgen milagrosamente otra vez por la virtud absolutoria del sueño,
quieta y resplandeciente como una dicha que la memoria elige,
me darás esa orilla de tu vida que tú misma no tienes,
Arrojado a quietud
divisaré esa playa última de tu ser
y te veré por vez primera, quizá,
como Dios ha de verte,
desbaratada la ficción del Tiempo
sin el amor, sin mí".

"Y te veré por vez primera, quizá, COMO DIOS HA DE VERTE". La mina o el tipo que te gustan son esencialmente tan pelotudos o admirables como cualquiera, sin embargo el enamorado observa virtudes que los demás no pueden ver.




Me gusta mucho cuando Borges dice “serán favor tan misterioso/como mirar tu sueño implicado/en la vigilia de mis brazos”. Me recuerda a mi querido Luis Alberto Spinetta y su “sueña un sueño despacito entre mis manos/hasta que por la ventana suba el sol”.








lunes, 8 de agosto de 2016

NUESTRA MIRADA NO PUEDE DETENERSE A MIRAR FIJAMENTE NI AL SOL NI A LA MUERTE

Nuestra mirada no puede detenerse a mirar fijamente ni al sol ni a la muerte. “Le soleil ni la mort ne se peuvent regarder fixement”, ha dicho La Rochefoucauld. Ergo, necesitamos a la literatura. 

Toda gran literatura es literatura comprometida, en la medida en que no se conforma con ser mero adorno o entretenimiento sino que cambia la percepción del lector. La novela descubre el arraigo del hombre en la historia (Balzac); la intervención de lo irracional en las decisiones y comportamientos humanos (Tolstoi); la memoria involuntaria y lo inalcanzable del pasado (Proust), lo inasible del presente (Joyce)… 

Milan Kundera recuerda que Hermann Broch dice que descubrir lo que sólo una novela puede descubrir es su única razón de ser: 

“La novela que no descubre una parte hasta entonces desconocida de la existencia es inmoral”. 

Ok, nos puede parecer una exageración lo dicho por Broch, pero algo de eso hay. El espíritu de la novela es el espíritu de la complejidad: le dice al lector que la realidad es más compleja de lo que se cree: 

“La novela (como toda la cultura) se encuentra cada vez más en manos de los medios de comunicación; éstos, en tanto que agentes de la unificación de la historia planetaria, amplían y canalizan el proceso de reducción; distribuyen en el mundo entero las mismas simplificaciones y clichés que pueden ser aceptados por la mayoría, por todos, por la humanidad entera. Y poco importa que en sus diferentes órganos se manifiesten los diversos intereses políticos. Detrás de esta diferencia reina un espíritu común. Basta con hojear los semanarios políticos norteamericanos o europeos, tanto los de la izquierda como los de la derecha, del Time al Spiegel; todos tienen la misma visión de la vida que se refleja en el mismo orden según el cual se compone su sumario, en las mismas secciones, en las mismas formas periodísticas, en el mismo vocabulario y el mismo estilo, en los mismos gustos artísticos y en la misma jerarquía delo que consideran importante y lo que juzgan insignificante”, dijo Kundera en El arte de la novela.

Toda obra de arte auténtica es, en cierto modo, una apuesta por la inmortalidad, por la trascendencia: "le dur désir de durer" -el duro deseo de durar- al que se refería Paul Eluard.

El hombre es el único animal que realiza creaciones estéticas porque es el único que sabe su muerte. La medicina, el derecho, las ciencias, la filosofía, el arte, en cierto modo se originan en nuestro afán por negar la muerte. La muerte es silencio absoluto, por eso me gusta comunicarme; la muerte es pobreza, por eso aspiro a ganar dinero; la muerte es pérdida del recuerdo, de ahí viene la valoración de la memoria; la muerte es insensibilidad, y por eso yo quiero sentir. Y ahora quiero citar algo que ha dicho Steiner en Presencias reales:

"El genio de la época es el periodismo. El periodismo llena cada grieta y cada fisura de nuestra conciencia. Y es que la prensa y los medios de comunicación son mucho más que un instrumento técnico y una empresa comercial. La fenomenología basal de lo periodístico es, en cierto sentido, metafísica. Articula una epistemología y una ética de una temporalidad espuria. La presentación periodística genera una temporalidad de una instantaneidad igualadora. todas las cosas tienen más o menos la misma importancia; todas son sólo diarias. En correspondencia con ello, el contenido, la posible importancia del material que comunica el periodismo se 'saldan' al día siguiente. La visión periodística saca punta a cada acontecimiento, cada configuración individual y social para producir el máximo impacto; pero lo hace de manera uniforme. La enormidad política y el circo, los saltos de la ciencia y los del atleta, el apocalipsis y la indigestión, reciben el mismo tratamiento. Paradójicamente, este tono único de urgencia gráfica resulta anestesiante. La belleza o el terror supremos son desmenuzados al final del día. Nos reponemos y, expectantes, aguardamos la edición de mañana".

Otra cita que alude a la “sociedad del espectáculo”:

“Estamos en la época de la cultura del espectáculo. Lo que está cambiando es que ahora todo el mundo quiere ser protagonista, todos quieren mostrar lo que saben hacer, y de paso tener éxito. Ahí están MySpace o YouTube: todos quieren expresarse, todos son artistas. Con lo que hay un nuevo problema: ¿quién es el espectador? Guy Debord, el analista más lúcido de la cultura del espectáculo, se suicidó. El último espectador atento se suicidó. Así que hablamos, pero no sabemos quién está escuchando, escribimos y no sabemos si hay alguien que lee. Para que haya espectáculo tiene que haber espectadores. Así que todos esos afanes de proyectarse, de crear espectáculo, se sostienen en una hipótesis imaginaria: que hay alguien ahí”. (Boris Groys) 

De estas cosas dispersas quería charlar hoy conmigo mismo, como hace uno siempre en las redes sociales. Otro monólogo público.

MOTIVOS PARA ESCRIBIR

"Escribo por el placer de contradecir y por la felicidad de estar solo contra todos", dijo alguna vez Kundera. 

No sé si me convence del todo esa frase: personalmente me gusta hacer partícipes a los demás del diálogo que mantengo conmigo mismo adentro del cráneo, sin por eso perder la personalidad ni caer en la tentación de "ser escrito" por los otros. 

Entiendo que, como decía Castillo, "no cualquier cosa, por el mero hecho de haberte sucedido, es interesante  para otro. Esto vale tanto para escribir como para conversar". Sin embargo, no podría escribir como si estuviera solo en una isla desierta: sería una mera catarsis, un modo de no volverme loco, y lo interesante de escribir es encontrar sensibilidades afines. 

Roland Barthes enumera 10 razones por las cuales escribe. A casi todas las comparto: 

"1) por una necesidad de placer que, como es sabido, guarda relación con el encanto erótico; 

2) porque la escritura descentra el habla, el individuo, la persona, realiza un trabajo cuyo origen es indiscernible; 

3) para poner en práctica un "don", satisfacer una actividad distintiva, producir una diferencia; 

4) para ser reconocido, gratificado, amado, discutido, confirmado; 

5) para cumplir cometidos ideológicos o contra-ideológicos; 

6) para obedecer las órdenes terminantes de una tipología secreta, de una distribución combatiente, de una evaluación permanente; 

7) para satisfacer a amigos e irritar a enemigos; 

8) para contribuir a agrietar el sistema simbólico de nuestra sociedad; 

9) para producir sentidos nuevos, es decir, fuerzas nuevas, apoderarse de las cosas de una manera nueva, socavar y cambiar la subyugación de los sentidos; 

10) finalmente, y tal como resulta de la multiplicidad y la contradicción deliberadas de estas razones, para desbaratar la idea, el ídolo, el fetiche de la Determinación Única, de la Causa (causalidad y "causa noble"), y acreditar así el valor superior de una actividad pluralista, sin causalidad, finalidad ni generalidad, como lo es el texto mismo"

domingo, 31 de julio de 2016

NIETZSCHE, PLATÓN, KANT Y LA RAZÓN OCCIDENTAL (¡¡A LA MIÉRCOLES!!)

Antes de continuar con la segunda parte de la introducción a El origen de la tragedia, cuya primera parte posteamos acá, me parece útil resumir algunas cuestiones, valiéndome para eso de la muy buena introducción y selección de textos de Nietzsche a cargo de la profesora de filosofía Virginia Cano para la editorial Galerna.

La cosmovisión occidental padece de lo que Nietzsche llamó, según nos recuerda Cano, “monótono-teísmo”. Esta enfermedad tiene como síntomas más comunes la aversión al cambio, al devenir, y por eso se apega de modo “enfermo” y “decadente” a valores absolutos, eternos, que se ocultan a sí mismos su propia historicidad y su voluntad de poder. 

Es importante destacar que la crítica de la cosmovisión occidental no se juega, según Nietzsche, en la dicotomía verdadero/falso sino en el terreno de la disputa por los modos de vida: más o menos útiles, más o menos vitales, más o menos enfermos… 

La filosofía no sólo pretende “librar su batalla más allá de lo verdadero y de lo falso, sino también, más allá del bien y del mal, es decir, más allá de esa voluntad de verdad irrestricta que ha pensado e instituido una diferencia ‘clara y distinta’ entre ‘lo verdadero’ y ‘lo falso’, la luz y la oscuridad, la razón y el cuerpo… la vida y la muerte” (Virginia Cano). (Nota al margen: Cano lee a Nietzsche a la luz de Deleuze, Foucault, Vattimo. Lo digo para que lo tengan en cuenta).

Entre otras cosas, lo que Nietzsche le objeta al cristianismo es semejante a la acusación que le dirige a Platón, Kant, Descartes o a la biología de su época: el temor “a la esfera completa del devenir y la caducidad” que pretende, con su voluntad  de verdad, dar con un fundamento último o explicación definitiva en la que fundar su legitimidad y su poder. Para Nietzsche, las ideas platónicas de un “bien en sí” o de un “espíritu absoluto” organizan una visión dual del mundo, a la vez que fundan una moral absoluta, y por eso se ubican en el inicio de un largo error, frente al cual él defiende la idea de “perspectivismo”.


Hago un paréntesis para recordarles algunas cuestiones de El origen de la tragedia, para lo cual recurro a Rüdiger Safranski y su Nietzsche: biografía de su pensamiento:


“La tesis según la cual la tragedia procede de las fiestas dedicadas a Dionisos es todavía plausible dentro del marco de la contemporánea filología clásica. Pero la tesis de la segunda conferencia, insinuada ya al final de la primera con la referencia al ‘proceso de descomposición’ de la tragedia por su intelectualización, tenía que recibirse como una provocación entre los estudiosos de la filología clásica (…).


Así pues, la conferencia sobre Sócrates y la tragedia, tal como relata Nietzsche en la carta a Rohde de mediados de febrero de 1870, ‘produjo espanto y tergiversaciones’. ¿Qué era lo espantoso y expuesto a tergiversación en la conferencia?


Nietzsche critica la alta estima de la conciencia, considera fatal el despliegue de aquel pensamiento socrático según el cual ‘todo ha de  ser consciente para ser bueno’. Ante todo, con ello quedó destrozada la tragedia, y luego se limitó y se reprimió de manera general el inconsciente creador. Sócrates rompe el poder de la música y pone en su lugar la dialéctica. Sócrates constituye una fatalidad, pues con él comienza un racionalismo que ya nada quiere saber de la profundidad del ser. Sócrates es el comienzo de un saber sin sabiduría. Concretamente en la tragedia, el pathos del destino fue desplazado por el cálculo, las intrigas y las previsiones. La representación de poderes de la vida fue sustituida por la escenificación de intrigas pensadas con refinamiento. El mecanismo de causa y efecto suplanta el nexo de culpa y expiación. En el escenario ya no se canta, sino que se discute. (…) ‘Nos parece’, dice Nietzsche, ‘como si todas estas figura sucumbieran no por lo trágico, sino por una superfetación de lo lógico’”. 

(Cierro el paréntesis de Safranski y sigo con el Nietzsche de Virginia Cano):


Para Nietzsche, la moral, la religión, la metafísica, son al mismo tiempo remedios y enfermedades: remedios prescriptos para esas mismas enfermedades que ellas mismos crean.

Según Cano: “La invención del “mundo verdadero” por parte de Occidente (y de todas sus re-invenciones) ha sido el modo en que aquellos que temen y resisten la precariedad, el deterioro y la caducidad de toda vida y de todo devenir, se han podido mantener en vida. O más precisamente, ese ha sido el ‘phármakon’, veneno y remedio a la vez, herida y sutura a un tiempo, con el que el corpus ‘monótono-teísta’ ha podido cimentar su modo de vida enfermo y decadente. (…)

‘Monótono-teísmo’ es el nombre con el que N diagnostica a los ‘sapientísimos’ que sostienen ‘que lo que es no deviene, y que lo que deviene no es’. Esos sepultureros creen otorgar los máximos honores cuando deshistorizan y confunden lo último con lo primero. De hecho, estas dos características delinean el ‘éthos’ con el que los doctos han forjado sus grandes catedrales metafísicas e ‘ilusiones óptico-morales’ a los que han bautizado y legitimado como ‘la verdad’. La primera ‘peculiaridad’ o ‘idiosincracia’ –como la llama Nietzsche- refiere a la falta de sentido histórico. En el capítulo ‘La razón en la filosofía’, del ‘Crepúsculo de los ídolos’, N interpreta esta ausencia de sentido histórico como una ‘aversión al devenir’, que se traduce en la contraposición jerarquizante entre el ser y el devenir. Estos ‘sepultureros’ y ‘momias conceptuales’ creen que un valor, ideal o concepto se dignifica por su carácter eterno, es decir, ubicándose más allá del cambio, la transformación, la vejez y la muerte. Podríamos recordar nuevamente el sueño y la exigencia de Kant de encontrar ‘juicios sintéticos a priori’ que nos garanticen una ampliación del conocimiento objetivo, necesario y universal; o a Descartes y su intento de dar, finalmente, con una certeza que sea capaz de refundar de una vez y para siempre el edificio de nuestro conocimiento. (...)


Deshistorizando, y olvidando los procesos de formación de las verdades, esos ‘sepultureros’ han negado el carácter vital y finito de sus narraciones, saberes y perspectivas”.

Creo que con esto pinté un panorama mínimo. Les vuelvo a recomendar la colección “La revuelta filosófica” de editorial Galerna, porque tiene una selección de textos  de cada autor, y una buena introducción, a cargo de profesores de filosofía jóvenes, que tratan de ser didácticos sin por eso dejar de profundizar lo más posible. Hasta el momento editaron textos de Epicuro, Nietzsche, Eriúgena y Derrida:


¡Sean felices!

Rodrigo

viernes, 29 de julio de 2016

UNA INTRODUCCIÓN A “EL ORIGEN DE LA TRAGEDIA” DE FRIEDRICH NIETZSCHE (Primera parte)

Friedrich Nietzsche nació el 15 de octubre de 1844 en Röcken. Tanto su padre, Karl Ludwig, como su abuelo, fueron pastores protestantes, con lo cual vino al mundo en una atmósfera intensamente religiosa. 

Al comienzo, su gusto se inclinaba por la música clásica, representada por Mozart, Haydn, Schubert, Mendelssohn, Beethoven y Bach. Al mismo tiempo expresa su aversión por toda la música no clásica, especialmente lo que entonces se conocía como Zukunftmusik (“música del futuro”), término derivado del escrito de Wagner La obra de arte del futuro, cuyos máximos exponentes eran el propio Wagner y Franz Liszt. Como vemos, la conversión del filósofo a la música wagneriana se produjo algunos años después.


A su padre le gustaba improvisar al piano, al igual que a él. La temprana muerte del padre lo dejó solitario y serio, ¿y cómo no habría de serlo si perdió no sólo al padre sino también a un hermano menor, a una tía y a su abuela cuando tenía menos de ocho años?


Tiempo después, se rebeló a los deseos de su madre de convertirlo en párroco: dejó la facultad de teología y se dedicó a la filología clásica. Cuando en la primavera de 1865 vuelve a Naumburg para pasar las primeras vacaciones semestrales, su madre queda consternada porque Nietzsche se niega firmemente a participar de la celebración eucarística. Discuten y la madre rompe en llanto, teniendo que ser consolada por una tía que le dice que todos los grandes hombres  se han visto obligados a sufrir dudas y tentaciones. Nietzsche escribirá, por aquel entonces: “si quieres conseguir quietud de alma y dicha, cree; si quieres ser un discípulo de la verdad, investiga”.

Compuso la primera pieza musical que se conserva hoy a los once años: un Allegro para piano. Siempre le pareció que el arte por excelencia, el arte más cercano a la fuerza de la vida, a lo dionisíaco; el arte que no nace de la imagen sino directamente de la voluntad misma, era la música. Más de una vez escribió que “sin música, la vida sería un error”:


“Todo lo que (…) no se deja aprehender a través de relaciones musicales engendra en mí hastío y náusea. Al volver del concierto de Mannheim sentí en mayor medida el singular miedo nocturno ante la realidad del día, pues ésta ya no me parecía real, sino fantasmagórica”, le escribe a su amigo Erwin Rohde, a poco de venir de un concierto de música de Richard Wagner. 


Les recuerdo algo que parece trivial pero que tal vez no lo sea tanto: en ese entonces, para escuchar música había que ir a un concierto, o tocar uno mismo algún instrumento. Esto se nos pasa de largo porque nosotros convivimos todo el tiempo con toda clase de música, con sonidos de lo más variados -algunos muy molestos y otros muy disfrutables- , motivados por la reproductibilidad técnica.


Hay una anécdota muy interesante que alguna vez narró su amigo de juventud, Paul Deussen:


“Nietzsche había partido solo hacia Colonia un día de febrero de 1865, y allí se agenció un guía para que le mostrara cosas dignas de ver. Al final le rogó que lo llevara a un restaurante. Pero el acompañante lo llevó a un burdel. Nietzsche me contaba al día siguiente: ‘De pronto me vi rodeado por media docena de apariciones en lentejuelas y gasa, con su mirada expectante puesta en mí. Durante un tiempo me quedé sin palabras. Pero luego me dirigí instintivamente hacia un piano, que era el único ser  con alma en aquel grupo, y toqué algunos acordes, que mitigaron mi rigidez y salí a la calle’”.


Como bien nota Rüdiger Safranski, “la música triunfa sobre la lascivia”. Cuando en 1877 Nietzsche establece un ranking de cosas según su grado de placer, le destina el primer lugar a la improvisación musical, el segundo lugar a la música de Wagner, y dos escalones más abajo recién aparecen los placeres carnales.


En octubre de 1858, a sus catorce años, ingresa en la Escuela de Pforta, instituto célebre en la época por su enseñanza de la lengua y la literatura clásicas. Allí aprende muy bien el latín y el griego. En aquellos años escolares, Nietzsche creía que el mejor tipo de educación es aquel que no descuida ni la mente ni el cuerpo, por lo que “hay que educarse en todas las ciencias y artes y evitar que el estudio nos haga desarrollarnos solamente en algunos ámbitos del saber, pues de este modo nuestra educación siempre sería parcial y unilateral. Para alcanzar este objetivo, lo mejor es leer a todos los escritores, clásicos y modernos, tanto por su forma como por su contenido, y estudiar las diversas ciencias para que, iluminado por un único sol, el árbol de la verdad fructifique”. (Pforta, 1859)


Tenía un gran afán por adquirir conocimiento, y se interesó vivamente por todo tipo de artes y ciencias, hasta que consideró que era necesario especializarse y eligió dedicarse  a la filología. 

Alguna vez dijo que los profesores de Pforta pusieron fin a su “vagar sin plan”. Como diría Séneca, nunca soplan vientos favorables para un barco sin rumbo; pues bien, Nietzsche descubrió en los griegos y en la música un motivo para investigar y reflexionar acerca del rol de la cultura,  interés que lo acompañará toda su vida.


Como sugiere Safranski, si exceptuamos el caso de Michel de Montaigne, autor de los famosos Ensayos, ningún otro filósofo o pensador se inclina tanto a decir “yo” en sus escritos como lo hace Nietzsche. Creía que valía la pena que sus lectores tomen conciencia de su mismidad, de sus dolores, de sus luchas, de sus obsesiones. 

Hacia el final de su vida, en Ecce Homo escribe: “Conozco mi suerte, un día mi nombre evocará el recuerdo de algo terrible, de una crisis como no hubo en la tierra, de la más profunda colisión de conciencia, de una decisión, conjurada contra todo lo que se creyó y era sagrado hasta entonces”.


EL ORIGEN DE LA TRAGEDIA


En 1865 descubrió, en una librería de anticuario de Leipzig, los dos tomos de El mundo como voluntad y representación de Arthur Schopenhauer; los compró, se los devoró inmediatamente y durante un tiempo confiesa haber estado sumido en una especie de embriaguez. Observa con claridad que la esencia del mundo no es lógica ni racional, sino que está gobernada por un impulso oscuro y vital.


Con el Grupo de Estudio habíamos hablado de leer primero Ecce Homo. Ahora, para abordar una obra compleja y polimorfa, me viene bien la muy buena introducción al Volumen I de las Obras completas de Nietzsche, titulada “Escritos de juventud” y editada por Tecnos. Voy a extraer algunos párrafos para que les sirvan de introducción a la lectura de este mes: El origen de la tragedia

Recordemos que en ese escrito temprano, Nietzsche estaba muy influido por la música de Richard Wagner y por la filosofía de Schopenhauer. Tiempo después, y cuando ya había renunciado a su cátedra, nuestro autor reniega bastante de ese escrito de juventud, y de su influencia schopenhaueriano-wagneriana, y construye un pensamiento crítico genealógico muy diferente, aunque esa es otra historia que veremos más adelante, si es que no me dejan solo.


Para entender mejor el contexto en el que surge El origen de la tragedia, hay que  relacionarla con la crítica que el clasicismo y el romanticismo alemán habían formulado contra la cultura moderna a partir de cierto modelo idealizado del mundo griego. Tanto la filología clásica como la historia y la filosofía alemanas, se constituyeron en instancias decisivas para la comprensión del ideal griego. ¿Por qué motivo? Porque los intelectuales alemanes creían que el ideal griego era una manera eficaz de renovar la cultura y dar a Alemania una identidad nacional comprendida como “nueva Grecia”. El “genio”, el “filósofo-artista” debía producir el acto creador e innovador para oxigenar y hacer evolucionar la transformación cultural alemana.



Para escribir esto le voy a robar ideas a Diego Sánchez Meca, autor de la citada introducción a sus “Escritos de juventud”:


Aparte de la profunda impronta que dejará en su pensamiento y en su vida el haber nacido y crecido en una familia del clero protestante -casi exclusivamente criado y rodeado por mujeres tras la muerte de su padre, cuando Nietzsche tenía cinco años-, nuestro autor se educó en el ambiente de los años en que Alemania luchaba por tener una identidad cultural fuerte, ya que políticamente no tenía ni una historia común ni un territorio unificado como nación. Se suponía que esa identidad le sería dada por la educación. El neohumanismo de Goethe, Schiller, Winckelmann, Lessing, etc.; había señalado a la Grecia antigua como la más perfecta unidad de estilo y de carácter en cuanto nación. Constituía, entonces, el modelo a seguir en la tarea del cultivo, recuperación y renovación del verdadero espíritu alemán, el cual debía dar su contenido propio a una Bildung (formación) capaz de delimitar, moldear y construir la singularidad del individuo y del pueblo alemán. En esta Bildung debían confluir, en concreto, el estudio de la Antigüedad clásica, la religión luterana y la lengua y literatura germánicas. Eso explica la preeminencia de los estudios humanísticos en el sistema educativo alemán. Recordemos que en 1810 se crea la Universidad de Berlín, de la que Wilhelm von Humboldt fue su principal instigador.


El Nietzsche joven intentó siempre educarse bajo la estricta órbita de los principios de la Bildung. De hecho, muchos de los escritos iniciales que nos han llegado formaron parte de la asociación Germania, fundada por el propio Nietzsche junto a sus amigos de la infancia: Wilhelm Pfinder y Gustavo Krug.


La poesía es la máxima expresión de la individualidad popular, por lo que antes de ser filólogo había que ser poeta. Así, los temas preferidos por el Nietzsche niño y adolescente son los de las leyendas germánicas, de entre las cuales su héroe favorito es Hermanarico, rey de los godos, cuya muerte le inspira un poema épico, el esbozo de una tragedia, una composición musical, un ensayo filológico y otro histórico.


Entre sus lecturas juveniles, además de Hölderlin, sobresale Emerson, cuyos Ensayos le atraen enormemente, sobre todo esa mezcla de romanticismo europeo y optimismo norteamericano. 


Schulpforta, la institución escolar que les nombré antes y donde Nietzsche hizo la secundaria, era la perfecta síntesis de los ideales de la burguesía culta (Bildungsbürgertum) de ese entonces. Su estudio de despedida sobre Teognis de Megara, le valió para ser admitido por Friedrich Ritschl, prestigioso catedrático de Filología clásica en Bonn y en Leipzig, en el selecto círculo de sus alumnos universitarios.


Para Nietzsche, los estudios clásicos no eran una excusa para ejercer la erudición vacía, sino una forma de recuperar del modelo griego la idea de una educación como construcción de la individualidad que haga posible reconducir la fragmentación del hombre y la sociedad modernas a su unidad originaria.


En determinado momento, el joven filólogo Nietzsche, educado en la rígida disciplina de Pforta y entrenado por Ritschl en las técnicas positivistas del estudio erudito de la Antigüedad, sucumbió fatalmente a la personalidad y la música de Richard Wagner. El destino quiso que su nombramiento como profesor en Basilea a sus  veinticinco años –por recomendación de su maestro Ritschl no tuvo que hacer un examen para doctorarse- coincidiera con el encuentro con Wagner, del que nació un compromiso cada vez más fuerte con la justificación ideológica y la difusión del proyecto wagneriano de una renovación estético-política de la cultura alemana. 

En síntesis y para no divagar más: sus inclinaciones filosóficas chocaron con las funciones y obligaciones propias de un profesor de filología y con los compromisos y tareas de un propagandista wagneriano, hasta que, tras la fuerte crisis personal de 1875-1876, se acabe alejando definitivamente de Wagner y abandone la universidad para realizar sus aspiraciones iniciando su vida de filósofo errante.


A mediados de 1870 le había escrito a su amigo Rohde: “Ciencia, arte y filosofía crecen ahora en mí juntos de tal manera, que en cualquier caso alguna vez pariré centauros”. Con la palabra “ciencia” se refiere a la filología y al estudio y comprensión del mundo griego; con la palabra “arte” alude a la ópera de Wagner; y con la palabra “filosofía” a la metafísica de Schopenhauer.


No es de extrañar que esta mezcolanza de ciencia, arte y filosofía no fuera comprendida por los filólogos de su época. Su escrito sobre El origen de la tragedia tenía que ser, para muchos eruditos de la filología de aquél entonces -como U. von Wilamowitz-Möllendorff-, no más que una “ingeniosa borrachera” (geistreiche Schwiemelei), al decir de su maestro Ritschl en su diario privado.


Me parece que con esto ya tienen un buen panorama. Espero poder escribirles pronto la segunda y última parte, y que  les pueda servir de introducción  al texto que íbamos a ver este mes. Los espero a mediados de agosto en mi casa, para discutir y charlar –mate de por medio-de un autor que nos apasiona: Federico Nietzsche.

¡Sean felices!

Rodrigo

lunes, 25 de julio de 2016

EN LAS TRINCHERAS DEL DÍA A DÍA DE LA VIDA DE UN ADULTO...

"Y he aquí algo raro, pero que es verdad: en las trincheras del día a día de la vida de un adulto, no existe el ateísmo. No hay tal cosa como la ‘no-veneración’. Todo el mundo es creyente. Y quizá la única razón por la que debamos cuidarnos al elegir qué venerar, cualquier camino espiritual –llámese Cristo, Allah, Yaveh, la Pachamama, las Cuatro Nobles Verdades o cualquier set de principios éticos– es que, sea lo que sea que elijas, te devorará en vida. Si elegís adorar el dinero y los bienes materiales, nunca tendrás suficiente. Si elegís tu cuerpo, la belleza y ser atractivo, siempre te vas a sentir feo y cuando el tiempo y la edad se manifiesten, padecerás un millón de muertes antes de que al fin te entierren. En cierto modo, todos lo sabemos. 

Esto fue codificado en mitos, leyendas, cuentos, proverbios, epigramas, parábolas, en el esqueleto de toda gran historia. El verdadero logro es mantener esta verdad consciente en el día a día. Si elegís venerar el poder, terminarás sintiéndote débil y necesitarás cada día de más poder para no creerte amenazado por los demás. Si elegís adorar tu intelecto, ser reconocido como inteligente, terminarás sintiéndote un estúpido, un chasco, siempre al borde de ser descubierto. Pero lo más terrible de estas formas de adoración no es que sean pecaminosas o malas, es que son inconscientes. Son el funcionamiento por default.

Día a día nos vamos sumergiendo en un modo cada vez más selectivo acerca de a qué prestar atención, qué percibir como bueno y deseable, sin siquiera ser conscientes de lo que estamos haciendo.

Y el mundo real no te va a desalentar en este modo de operar, porque el así llamado mundo real está esculpido del mismo modo, dinero y poder que se regodean juntos en una piscina de miedo y odio y frustración y ambición y adoración al YO. Las fuerzas de nuestra cultura dirigen a estas fuerzas en pos de las riquezas, confort y libertad individual. Libertad para ser los señores de nuestro diminuto reino mental, solitarios en el centro de la creación. Este tipo de libertad es muy tentadora. Pero hay otros tipo de libertad pero justo del tipo de libertad que es el más precioso no vas a escuchar mucho en este mundo que nos rodea, de puro desear y conseguir.

La libertad que importa verdaderamente implica atención, conciencia y disciplina, y estar realmente interesados en el bienestar de los demás y estar dispuestos a sacrificarnos por ellos una y otra vez en miríadas de insignificantes y poco atractivas maneras, todos los días.

Esa es la libertad real. Eso es ser educado y entender cómo pensar. La alternativa es lo inconsciente, lo automático, el funcionamiento por default, el constante sentimiento de haber tenido y perdido alguna cosa infinita". (David Foster Wallace)